Y lo vuelvo a hacer. Una y otra vez. Mientras la música resuena en mis oídos, la sangre se desliza por mis muñecas, dejando un rastro de pequeños diamantes rojos y las lágrimas, cansadas de esconderse, caen lentamente por mis mejillas. Nunca acaba.
Lo siento, de verdad llegados a este punto no tiene sentido el disculparme.
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